Entre hamburguesas, alcohol y bombardeos

Ayer por la noche me llamó un amigo.
Yo ya estaba por ponerme pijama, pero él me preguntó si quería ir a comer unas hamburguesas a un foodtruck que le habían recomendado.
Mi panza gritó: “¡Si! Vamos. Tenemos hambre”, así que le dije que me esperé unos minutos y no se vaya sin mí.

Con las mismas, agarré las llaves del carro y salimos rumbo a su casa.

Cuando llegamos, el sitio se veía prometedor.

Estábamos en medio de una zona industrial.
El foodtruck estaba estacionado en un lote al lado de la carretera y, frente a él, unas cuantas mesas y sillas plegables.
Felizmente que agarramos sitio cerca al único calentador que había en el lugar, porque estábamos al aire libre y el frío se nos metía hasta los huesos.

La verdad que pasamos un buen rato conversando y comiendo la hamburguesa venezolana —que estuvo buenísima—, pero ni bien terminamos de darle el último mordisco al pan, salimos de ahí porque el frío le ganó la batalla al calentador.

Yo había dejado mi carro en su casa, así que nos fuimos todos para allá.

En el grupo éramos dos peruanos, un colombiano y tres venezolanos.

Llegando a su casa, nos invitó a pasar un rato.
Sacó un wisky para probar “qué tal estaba” y, mientras seguía la conversación, la garganta ya pedía alzar la voz.

Desenfundó su parlante, sacó los micrófonos y nos mandamos a soltar unos gallos en el karaoke, mientras las aguas espirituosas hacían su trabajo.

El tiempo fue corriendo y el ritmo se afinaba cada vez más —o, por lo menos, eso fue lo que el alcohol nos hizo creer—.

Uno agarró una especie de timbal para acompañar el ritmo.
Otro agarro una botella vacía y una cuchara para usarla de campana.
Alguien agarro la lata vacía del wisky para usarla como clave.
Y, mientras nosotros pensábamos en qué nombre le íbamos a poner a nuestra orquesta, una amiga —venezolana— recibe una llamada alrededor de la 1:00 am.

Su cara cambió de repente y, un minuto más tarde, soltó una noticia que nadie supo cómo recibir.

—Paren todo. Acaban de haber explosiones en Venezuela. Parece que ya empezó el ataque —nos dijo, con verdadera preocupación.

Todos nos miramos en silencio, sin saber qué hacer, hasta que otra amiga —también venezolana— le dijo:

—Nah… Mañana vemos las noticias. Vamos a seguir cantando.

Yo conozco sus historias y sé el dolor que pasaron al tener que dejar su propio país —el lugar que los vio nacer y crecer— casi por obligación.

Las seis personas que estábamos ahí, bajo un techo en Florida, habíamos crecido en entornos complicados —políticamente hablando—.

Sin embargo, los sentimientos empezaron con su lucha interna y las canciones migraron hacia el amor a la patria y el rechazo a la dictadura y el maltrato.

Mientras yo tomaba una cerveza y escuchaba lo bien que sonaban las canciones de nuestra nueva orquesta, me quedé pensando…

Sí.
Sé que hay formas para hacer las cosas, pero cuando las alternativas se van agotando… ¿El uso de la fuerza se puede justificar?

Sabía que eso generaría un debate eterno, así que preferí guardar mi pregunta para otro momento.

Y es que este —y cualquier otro asunto— puede verse desde muchas perspectivas.

El problema se da cuando el criterio nos abandona e intentamos que todo sea completamente blanco y puro o, al revés, totalmente negro y oscuro.

Yo soy consciente de que SIEMPRE va a haber una forma mejor de hacer las cosas.

Pero también soy consciente de que una cosa hecha, aunque imperfecta, es mejor que no hacer nada. Siempre y cuando estés dispuesto a hacerte cargo de sus consecuencias.

Esa noche seguimos cantando. Sí…
Pero no porque no nos importara lo que estaba pasando lejos, sino porque, por unas horas, lo único que estaba realmente en nuestras manos era estar presentes.

A veces la vida no nos pide respuestas correctas ni posturas impecables.
A veces solo nos pide un poco de criterio, humanidad y la humildad suficiente para aceptar que no todo se puede resolver hoy.

Pensar, sentir y elegir con conciencia —aun en medio de la contradicción— eso, para mí, ya es una forma de plantarte fuerte ante el sistema.