Ayer mi papá me mandó un mensaje diciendo que “voy por el camino correcto” luego de ver mi segunda conversación sin guion en YouTube —muy raro en él—, sin embargo, ese mensaje me hizo sentir como todo un conferencista.
¿Pa’ qué negarlo?
En la noche lo llamé para ver cómo estaba. Empezamos hablando de temas X y algo superficiales —como de costumbre—, solo para romper el hielo. Poco a poco fui llevando la conversación hacia aguas más profundas.
Dentro de la charla me comentaba que un “ingeniero” como yo —lo pongo entre comillas porque estudié arquitectura— tiene que aprovechar sus capacidades para inventar algo que sea de utilidad para la humanidad. Le pregunté a qué se refería con eso de “utilidad” y me dijo que debería aprovechar mis habilidades para ser un gran inventor.
Él me orientaba hacia reinventar la rueda o algo parecido. Me habló de Pascal, de Watts y de todos los grandes inventores de la historia. Yo lo escuché con atención y luego le expliqué que mi manera de aportar algo valioso al mundo es ayudando a cuestionar creencias y vivir más ligero.
Es verdad que no suena elegante para las reuniones familiares, pero es algo que me hubiese encantado aprender hace mucho tiempo y hoy se ha vuelto mi convicción.
Él se quedó con la mirada perdida en el horizonte, como si le hubiese leído la etiqueta de un shampoo en Klingon, e insistió con su tema. Decidí seguir escuchándolo con calma y, poco a poco, fui llevando la pelota a su cancha.
Le pregunté cómo creía él que, a su edad, podría seguir ayudando a las personas.
—Ya ayudé bastante —me dijo—, mientras me contaba sus grandes hazañas como piloto de la Fuerza Aérea del Perú.
—Estoy de acuerdo —le respondí con sinceridad—. ¿Pero, eso quiere decir que no tienes nada más que hacer por la vida que pelear por los reconocimientos de tus años maravillosos? Ahí entramos en terreno neutral.
—Hoy en día, ¿qué te falta? —le pregunté—. Tienes todo lo que muchos buscamos: tiempo, salud y dinero. ¿Qué crees que podrías hacer con los días que te quedan en este mundo? ¿Crees que podrías ayudar a alguien con algo que ya tengas?
Las preguntas calaron hondo. Luego de un largo silencio me dijo:
—Me gustaría enseñar, pero no sé qué.
—¿Y por qué no enseñas en lo que eres experto? —le pregunté—. ¿En qué eres experto?
Me volvió a contar sus logros como piloto de la F.A.P. y todo lo que, según él, solo él había logrado en la historia de la institución.
Después de escuchar por enésima vez la misma historia, me animé a preguntarle:
—¿Y no crees que lo que has hecho en tu vida merece la pena escribirse?
—No… —me dijo—. Prefiero contar esas historias en persona, cuando se da el momento propicio.
—¿Pero, no crees que sería mejor contarlas en video o escribirlas para que las personas que quieran escucharlas o leerlas puedan hacerlo, incluso cuando ya no estés en este plano? —le dije, animándolo—. Porque tú puedes creer que el momento es propicio, pero no tienes idea de lo que pasa por la cabeza del otro. Puede que hasta te mire “atentamente”, pero su mente esté de paseo en Narnia.
—Pues sí… tienes algo de razón —me dijo, algo desanimado—. Pero mi historia es algo corta.
—A ver, a ver… espérame un segundo —le dije—. ¿De qué historia estamos hablando?
—De mis hazañas en la F.A.P., pues… ¿sino de qué me hablas tú? —me respondió, algo incómodo.
—Yo te dije que escribas lo que has hecho en TU VIDA. No me refería solo a tus grandes logros profesionales —le aclaré—.
—No entiendo… ¿a qué te refieres? ¿Qué puedo haber hecho en mi vida que merezca la pena escribir? —me preguntó, y por primera vez sentí que empezamos a hablar el mismo idioma.
—No lo sé —le respondí—. Eso solo lo sabes tú. Cada quien es experto en su propia vida. Pero me vas a decir que a tus setenta y tantos años, habiendo crecido en medio de la selva peruana, sin electricidad, y habiendo vivido todo lo que viviste… hoy, que estás presenciando en carne propia la era de los supersónicos, ¿no tienes nada valioso que contar?
Se quedó en silencio. Mis palabras empezaron a asentarse.
Luego de un largo momento sin decir nada tiró los hombros hacia atrás, enderezó la espalda, infló el pecho y me dijo:
—Tienes razón. Tú eres como la persona número cuarenta que me dice que escriba un libro, pero la primera que me aclara qué podría escribir.
—Y ahora que el panorama está más claro —le pregunté—, ¿vas a esperar cuarenta confirmaciones más o vas a aprovechar que, a tus setenta y tantos años, aún tienes la capacidad de recordar con detalle tus aprendizajes de vida?
No te voy a contar qué decidió. A fin de cuentas, eso no es lo importante.
Te cuento esta historia solo para recordarte algo:
todos somos expertos en nuestra vida.
Y si estás leyendo esto, quiere decir que estás vivo.
Y si estás vivo, quiere decir que de alguna u otra manera has logrado atravesar situaciones difíciles en tu camino —incluso algunas muy retadoras—.
Te escribo esto para animarte a que las pongas en papel.
No necesitas publicarlas al mundo —a menos que así lo decidas—.
Escribe como catarsis. Y si fue una situación que te retó, cuenta cómo la atravesaste. Vas a descubrir que tienes mucha más sabiduría de la que creías.
PD: Si algún día te animas a compartirla con el mundo, avísame.
Me encanta conocer a las personas en profundidad y, para mí, no hay nada mejor que un poco de tinta sobre papel.
Nos vemos en el camino.
—Daniel.
