No sé en qué momento dejé de verme.
Cuando abrí los ojos ya estaba fingiendo media vida:
sonriendo por fuera, apagado por dentro, repitiendo frases que ni yo me tragaba.
Y lo más jodido fue que nadie me dijo nada.
Nadie me habló claro.
Nadie me envió una sola puta carta que me ayudara a entender qué carajos me estaba pasando.
Así que me tocó escribirla yo.
Escribo para no pudrirme por dentro.
Escribo para poner en palabras lo que me revienta en silencio.
Escribo porque estas cartas me habrían salvado hace años…
y porque tal vez hoy te sirvan a ti.
No te hablo como gurú.
No soy coach.
No soy iluminado.
Soy un pata más que se cansó de caminar chueco y decidió decirse la verdad en voz alta.
Este espacio no es un templo zen ni una sala bonita con olor a eucalipto.
Este es un taller mecánico para el alma.
Aquí venimos a abrir el capó, mirar la mugre sin vergüenza, y ajustar lo que tenemos que ajustar para no seguir manejando con el motor jodido.
Voy a escribirte desde el caos.
Desde mis contradicciones.
Desde esa parte que la mayoría se guarda por el “qué dirán”.
Pero también desde la claridad que aparece cuando dejas de mentirte.
Sé que tú también has caminado con peso.
Sé que tú también has tenido días en los que estás cansado de fingir.
Y seguramente por eso estás leyendo esto.
Bienvenido a mi caos.
Bienvenido a mi claridad.
Bienvenido a las cartas que nunca recibí…
y que quizá hoy te ayuden a ti.
