Te cuento quién soy

Disculpa mis modales. No me he presentado.

Seguramente te estarás preguntando: ¿Quién carajos es este tipo?

Bueno, mi nombre es Daniel.
Soy alguien apasionado por el autoconocimiento. Me interesa mucho aprender a pensar mejor. Me encanta conocer muchas cosas —y algunas de ellas en profundidad—.

Desde pequeño la pregunta que siempre tuve en la punta de la lengua fue: ¿por qué?

Lástima que a esa edad no tuve los recursos ni las personas necesarias para poder satisfacer mi curiosidad. Hoy en día, gracias a la tecnología —y a la logística de las tiendas por delivery—, puedo acceder al conocimiento que siempre busqué.

Te cuento que he pasado de ser una especie de agnóstico a casi convertirme en un monje tibetano. Bueno… no tanto, pero si casi en un «iluminado» de la espiritualidad new age.

Crecí en un entorno católico “no practicante”, en donde cada quien hacía lo que le venía en gana —según su propio criterio—. Ahí fue donde me di cuenta que el sentido común no es tan común como parece.

Desde pequeño adopté el rol del hijo bueno, porque el título de “alma libre” se lo ganó mi hermano a punta de esfuerzo. Mientras el incendiaba la pradera, yo me quedaba casi inmóvil, siendo “el buenito” para no molestar a nadie en casa.

Aprendí que, si no me portaba bien, me caía un chancletazo —hasta a veces me caían unos cuantos sin razón alguna— pero había que aguantar no más. Así se estilaba la crianza en esas épocas… o por lo menos eso pensé.

Ya por la adolescencia me empezó a brotar una cierta rebeldía —junto con un par de pelos en la barbilla—. Pero no era una rebeldía sin causa… era mas bien una necesidad o unas ganas de sentirme vivo. Era algo como querer experimentar qué se siente dejar de ser el cojudo que siempre vive para que los demás no se incomoden y empezar a experimentar la vida en carne propia.

Nunca había llevado un rojo en mi libreta de notas, pero eso se acabó en quinto de secundaria. Me dediqué a jugar al rebelde todo ese año. Mis cuadernos eran completos lienzos en blanco. Una oda al abandono. Una obra de arte llamada “A la mierda”.

Me escapaba del salón para ir a fumar unos cigarros bajo las tribunas de las canchas con un amigo. Simplemente por el hecho de joder. De saber cómo se siente tener una pizca de adrenalina en el cuerpo.

Bueno, mi gracia dio frutos desde el primer trimestre. Siete cursos jalados para empezar. Solo aprobé educación física porque eso sí, no me iba a perder la hora de pichanga de los jueves.

Así fue pasando el tiempo hasta que casi a mitad de año aparecieron unas personas con unos test algo raros que les llamaban “test vocacionales”. Recién ahí caí en cuenta que mi gracia me iba a salir cara si seguía en ese plan. Había que elegir una carrera para dedicarle los próximos cuarenta años de mi vida. Y yo andaba pensando en el quinceañero del fin de semana o tal vez en las piernas de mis amigas. Nunca me había puesto a pensar en mi futuro hasta ese entonces.

Bueno, para no hacerla larga el test vocacional me arrojó 2 opciones:
Oficial de la Fuerza Aerea del Perú o Arquitecto.

Ni huevón, pe’. Me fui por la arquitectura sin tener ni puta idea de que trataba ese asunto, solo por el simple hecho de que no me quería convertir en un robot uniformado y seguir ordenes toda mi vida sin poder cuestionarlas —para eso ya tenía suficiente con las de mi casa—.

Así que me puse las pilas el resto del año, empecé a dar mis exámenes como sabía y a hacer lo que tocaba. Porque eso sí, siempre me ha ido bien en ciencias, y mejor aún en mate. Creo que tengo cierta habilidad para detectar patrones en lo que veo.

Al final logré el objetivo. Raspando… pero terminé el cole y me convertí en universitario.

Sobre esto no hay mucho que contar, creo…

Al principio no entendía mucho de esa vaina. Todo era nuevo para mí. Me amanecía pegando los putos palitos y cartones de las maquetas para que un cojudo que se creía “el iluminado”, porque había salido en una revista de arquitectura, la mire con cara de “¿qué es esta mierda?” y me ponga un 13 solo por buena gente. Pero tengo que reconocer que también hubo profesores de los buenos. De esos que dejan en alma en lo que hacen. Y nunca me voy a olvidar de ellos.

La cosa es que, como mi futuro dependía de esto, hice lo que había que hacer. Hasta terminé con media beca durante algunos ciclos por mi buen desempeño.

Luego de siete años de estudio y amanecidas a punta de redbull —sí siete, porque también jalé uno que otro curso al inicio— ya tenía un cartón que decía que podía construir edificaciones. Lo curioso es que nunca había visto pegar un ladrillo sobre otro en vivo y en directo.

De diseñar, podía diseñar casas de revista —así, de puta madre— pero construirlas era otra cosa.

En mi camino como arquitecto pasé por una que otra oficina o “firma” como se hacían llamar. Al principio, como muchos, me tocó pagar derecho de piso. Total, que así se empieza, ¿no? O por lo menos eso me dijeron.

Me pasé algunos años haciendo planos, vistas 3d y sirviendo café para algunos arquitectos, hasta que me llegó la oportunidad de construir casas de playa de lujo frente al mar.

Recuerdo que el día de la entrevista en esta nueva firma, me escapé de la oficina diciendo que tenía una cita médica o algo así.

Cuando llegué a la entrevista lo primero que me preguntaron era si tenía experiencia en obra. Yo respondí que “ExperienciaEnObra” era mi segundo nombre. Lo que no les dije fue que el primer nombre era “NoTengo”, pero igual me contrataron y lo dejé todo, como siempre que me comprometo con algo.

La verdad es que aprendí muchísimo ahí.
Aprendí como unas líneas sobre el papel se vuelven realidad a punta de sudor, colocando ladrillo sobre ladrillo. Aprendí a resolver problemas sobre la marcha. De esos nunca faltaban. Y también aprendí a cómo NO tratar a la gente. De todo se aprende.

En ese momento de mi vida todo iba bien… se podría decir. Tenía un depa, un carro, un trabajo estable, ya estaba casado… pero la vida a veces no avisa lo que te tiene preparado.

Recuerdo ese día como si fuera ayer.

Marzo del 2020.
Llegó el puto Covid y todo se fue a la mierda.
Todo el Perú se paralizó y nadie pudo salir de sus casas por meses.

En la oficina migramos rápidamente al teletrabajo, pero había un pequeño detalle: ¿Cómo carajos pegamos los ladrillos en la playa por Zoom?

Bueno, no tardó en llegar lo que se esperaba —aunque la forma nunca me la esperé—.

Un buen día mientras coordinábamos algún tema de algún proyecto el jefecito de pronto cambió la conversación y se puso serio.

No recuerdo sus palabras exactas, pero creo recordar que me dijo algo así:

“Cholo, entre la cera para mi BMW, el delivery de mi sushi y mis clases de italiano, se me hace imposible seguir pagándoles un sueldo. Necesito que renuncien.”

Yo no hice problema alguno y le firmé su papel. Y fue en ese momento donde empezó la verdadera historia.